PREGON DE PRIMAVERA 2015

 

Pregón de Primavera (2015) del Club Taurino Logroñés.

"Luces y sombras". Breve crónica de un desencanto.

 

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Con el sentimiento a flor de piel, igual que un torero en la penumbra casi táctil del patio de caballos antes de una corrida, masticando el miedo y la cornada, y asumido hasta el tuétano el indeseable papel del héroe. Así, exactamente como si llevara ajustada la taleguilla, compareció ayer Julio Armas, escritor y viajero en todas las estaciones y conocedor de todas las derrotas (en el sentido etimológico de las singladuras marítimas), para pregonar el hecho de la primavera por expresa invitación de la presidenta del Club Taurino de nuestra ciudad, Conchi Martínez Rico. Y fue un placer reconocer la textura de su desencanto, el paseo por la paradoja de las luces y las sombras de esta tauromaquia contradictoria: «He amado tanto los toros que mi decepción con la fiesta fue casi un desengaño amoroso», dijo el escritor trasmutado en pregonero primaveral: «Verdades primeras o primarias», precisó.

Julio Armas fue presentado por un actor (si se me permite la redundancia): Ricardo Romanos, embajador de Julio, de sí mismo y de todos nosotros: «Nos conocimos a principios de los sesenta en el Bachiller. Él es católico flamígero; yo descendiente de Durruti, pero nos une por encima de todo la lealtad, y ambos gustábamos de los toros; él más, por su puesto», matizó antes de definirse como «locamente enamorado» de su amigo y «peón de brega» en esta plaza dialéctica.

Entonces Julio Armas, tras explicar el convencimiento para tomar la decisión postrera de aceptar el reto de la presidenta, se sacó sendos claveles de la manga y se fue a los toros, a su querencia infantil de aquel abuelo Amaranto, y la melancolía del toro verdadero que fue la que a la postre lo que apartó del mundillo. «Defender al toro es defender la afición. Que el público se conmueva con su belleza indómita, con su poder. Si el toro desaparece en pos del toro comercial el toro no existe y el público no asiste. Y en esas estamos, además del franciscanismo falso de la supuesta defensa de los animales. Matamos cada día millones de pollos, corderos, ovejas y 'realmente' hasta elefantes, y no pasa nada. Pero, ¡ay! si matamos un toro».

Sonó el clarín y habló de los cuatro tipos de aficionados que él conoce: «El que domina todos los palos y es capaz de profundizar en todas las genealogías de toros, picadores y banderilleros; que describe con pericia aquel bravo indultado en Osuna hace cinco años o el debut en Cuenca del novillero más desconocido. Luego está el que sabe más que la mayoría y distingue una Navarra de una Tafallera. El tercero, que sin tener un conocimiento enciclopédico huele la diferencia de torear en el sitio o por la variante. Y por fin, el más numeroso en mis tiempos pero el que falla ahora, el que sostiene o sostenía la fiesta, el público popular, el de la solana. Ése que ha dejado de ir, el que parece que ni asiste ni existe».

 

Cuando nadie lo esperaba, Ricardo Romanos, ahora rapsoda, fue leyendo poemas sobre los distintos tercios y protagonistas de la fiesta. Y surgió el ritmo poético de Luis Castro, de Villaespesa, Zorrilla o Manuel Machado. Desde los picadores a los banderilleros, el torero, el toro y hasta el final de los mulilleros que lo arrastran hacia el más allá. Todo como un recuerdo, como un legado de un tiempo que se resiste a desaparecer. «Pero tenemos que defender los valores de la españolidad de la fiesta, tan dentro de nuestro ser, de nuestra idiosincrasia como pueblo. Hay sombras, paradojas, números que hablan de caídas, también de repuntes. Pero es nuestra idiosincrasia, por la que nos puede caer una lágrima con un buen muletazo en el centro del ruedo, entre el sol y la sombra, a pesar de que el desengaño producto de aquel amor haya dado paso a la melancolía».

(Pablo García-Mancha, Crítico taurino LA RIOJA)